Un oscuro futuro de humo, ruido y construcciones
ALGUNOS DATOS Y REFLEXIONES EN TORNO A LA INCOVENIENCIA DEL PRESENTE PGOU



Ignacio de la Riva

El Plan General de Ordenación Urbana presentado por el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Soto del Real y redactado a la carta por Arnaiz Consultores S. L., merecería una interminable lista de críticas, aunque lo cierto es que algunas de ellas por sí solas deberían bastar para descartar todo el plan y hacer completamente superfluo cualquier análisis ulterior. Por ejemplo, cosas como que ahora podamos por fin entender que la incomprensible carretera de circunvalación no era tan incomprensible porque lo que pasaba es que no era de circunvalación en absoluto, y que no debe de ser casualidad que ya haya salido a concurso el desdoblamiento desde esta variante hasta Colmenar. El PGOU debe ser rechazado en su totalidad porque dicho plan y su enjambre de infraestructuras colaterales más o menos relacionadas aquí y allá (la variante, el citado desdoblamiento, Los Pinarejos, el puente del AVE sobre la carretera a Guadalix, etc.) huelen a avanzadilla de la M-70, a los prolegómenos de un oscuro futuro de humo, ruido y construcciones que se va urdiendo sobre nuestras inocentes cabezas, un futuro gris y no verde, acorde con el plan general de conurbación de Madrid que propician las actuales circunstancias socio-económicas y que de manera entusiasta promueve el Gobierno Regional.

Como la lista de críticas y de razones para estar en contra de este PGOU sería infinita, y abordaría desde enfoques puramente técnicos, medioambientales, éticos, sociológicos a incluso puramente filosóficos, es lícito limitarse a dar sólo unas cuantas pinceladas al azar para no aburrir al posible lector. Vamos a ello.

La protección del paisaje pasa por preservar espacios no necesariamente catalogados como de gran valor ecológico, pues estos a menudo son las “ventanas” a través de las cuales podemos extender la vista. Por ejemplo, la fresneda protegida al sur de Las Calerizas dejará de ser visible desde nuestra carretera de siempre si el prado de reses bravas entre ésta y dicha fresneda es urbanizado (algo contemplado a corto plazo por el presente plan). Además, estos espacios de supuesto poco valor amortiguan el impacto de la presencia humana sobre los de más valor. Cuando las casas llegan a los límites de las zonas protegidas, éstas, normalmente, se ven severamente afectadas. No se deben asediar las zonas protegidas rodeándolas de viviendas (como se pretende hacer con el parque de La Fresneda) ni, igualmente, establecer satélites urbanos sin contacto directo con el núcleo principal.

La población actual de Soto es mayoritariamente inmigrada desde Madrid y áreas cercanas, y se compone en gran parte de personas que han elegido este pueblo por cómo es y por cómo se ha mantenido a lo largo del tiempo. Seguro que hay deficiencias que todos querríamos subsanar, pero nadie aspira a tener servicios e infraestructuras propias de pueblos mucho más grandes o de ciudades. Quienes han venido y quienes se han criado aquí y permanecen, lo hacen porque les gusta como es; otras personas prefieren pueblos mayores y se instalan en ellos, y muchas jamás abandonarían un lugar como Madrid. La carencia de ciertos servicios e infraestructuras en una localidad como la nuestra es compensada con un entorno y un estilo de vida que poblaciones más grandes no pueden ya ofrecer. Además, tenemos a pocos minutos núcleos urbanos mucho mayores que ofrecen muchas cosas, y a media hora una urbe de varios millones de habitantes donde hay absolutamente de todo. Cuando una localidad vive en aislamiento geográfico y carece de servicios básicos, se entiende el deseo y la necesidad de crecimiento para ganar en autosuficiencia, y eso se puede llamar progreso. No es, desde luego, nuestro caso. Cambiar drásticamente el pueblo actual sería estafar a una gran parte de la población que eligió en su día una forma de vida determinada [¿se ha preguntado alguien si muchos de los vecinos de Los Rancajales no se instalaron allí precisamente por el aislamiento y la tranquilidad, y en nada bendicen la carretera de circunvalación (¿quién la pidió?) ni la conexión urbana con el núcleo del pueblo a través de futuras urbanizaciones?]. En nuestro sofisticado mundo occidental, que se adormece en el estado del bienestar y nada en la abundancia, y, más aún, a sólo 42 km de una ciudad como Madrid y su entorno urbano, identificar a estas alturas progreso con mero crecimiento urbanístico es una simpleza y, en boca de políticos, pura demagogia.

El argumento de que un incremento continuado de población es inevitable y es deseable para obtener mejores prestaciones no se sostiene por otras muchas razones. Cuando fuéramos una población de 15.000 habitantes entonces habría quien demandaría servicios e infraestructuras propios de una de 30.000, y así sucesivamente en una rueda sin fin (por cierto: el centro de salud de Soto cubre las necesidades de otros pueblos cercanos y, por tamaño de población, nunca nos correspondería en exclusiva un centro así; de modo que es un privilegio tenerlo en nuestro pueblo y es un valor añadido del que ya disfrutamos sin para ello tener que recurrir a un incremento poblacional). Entre una casa aislada en el campo con prácticamente ningún servicio y una urbe de 20 millones de habitantes como México D. F., Tokio o São Paulo hay todo un gradiente. Cada modelo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y no hay razones objetivas defendibles para desear que Soto vaya escalando posiciones en dicho gradiente.

Como muchísimas localidades en un radio de 50 o más km alrededor de Madrid, Soto se está convirtiendo en un pueblo-dormitorio. Pero también es al mismo tiempo un lugar de veraneo, porque está en un entorno magnífico y agradable, y por tanto el crecimiento poblacional y urbanístico debe ser contenido al máximo, manteniendo los usos tradicionales de la tierra, fundamentalmente ganaderos en nuestro caso, para conservar los valores que lo hacen atractivo. Sólo así seguirá siendo el lugar privilegiado que hoy todavía es, en gran contraste con lo que ha ocurrido en otras localidades como Las Rozas, Villalba o Moralzarzal, urbes irreconocibles respecto al modelo de vida o esparcimiento que ofrecían hasta hace tan sólo unos pocos años, y cuyo camino quiere ser ciegamente seguido por otros municipios serranos (¿habrá todavía gente que vaya a veranear a Las Rozas?). El intento de llevar a Soto por estos derroteros (hay quien ha sugerido para ello el término “villalbización”) responde mayormente a intereses económicos particulares que nada tienen que ver con las tendencias demográficas, la situación sociológica, la demanda real de vivienda, el bien común, la necesidad de servicios, ni, desde luego, la conservación de la calidad de vida actual ni de los valores ambientales del municipio.

El modelo de PGOU propuesto va en contra de todas las directivas europeas de desarrollo urbano ideal, de protección del paisaje, de uso racional de los recursos naturales, hídricos y energéticos, y de los postulados de la Agenda 21. En un escenario de cambio climático global, el modelo de desarrollo actual es insostenible, pero además en España confluyen dos circunstancias especiales:

1) por su posición geográfica, sufrirá de manera especialmente adversa los efectos del cambio climático, padeciendo más calor y más sequía, lo que acarreará problemas de suministro de energía y agua (¿les suena?);

2) el creciente desarrollo económico de España en las últimas décadas nos ha hecho situarnos a la cola de los 25 países europeos en cuanto al cumplimento del protocolo de Kioto. Estamos a punto de sobrepasar en un 50% el volumen de emisiones que teníamos en 1990, y así es imposible cumplir con el tratado. En vez de caminar en la dirección adecuada, nos obstinamos en ir como un piloto suicida por el carril contrario. Soto ya tiene un modelo urbanístico basado en el uso del vehículo privado (andamos ya alrededor de los 4.000 vehículos), y el nuevo PGOU agravará aún más la situación, con más coches y mayor necesidad de usarlos al ser cada vez mayores las distancias. La alternativa propuesta de construir un aparcamiento subterráneo en el centro del pueblo es como barrer la basura bajo la alfombra. No queremos tener que utilizar un parking bajo tierra para ir a comprar el pan.

El análisis de algunos datos es muy relevante en relación no ya a lo innecesario y pernicioso de la propuesta del equipo de gobierno, sino también a lo injustificado de la misma, incluso bajo la óptica de los propios argumentos y parámetros usados por dicho equipo para defenderla. La población de Soto del Real ha crecido en 2.735 habitantes sólo en el sexenio 1999-2004, lo que supone un incremento del 55% sobre la población de 1998. Dicho de otro modo: más de un tercio (35,5%) del total de 7.691 habitantes censados a 1 de enero de 2005 se ha instalado en Soto sólo en los últimos seis años. Esto arroja una media de 455,8 nuevos vecinos cada año; o, lo que es lo mismo: cada mes se instala en Soto un promedio de 39 personas (más de una al día). La población de Soto, por tanto, ya crece, y lo hace porque muchas de las viviendas de segunda residencia están pasando a ser de primera y se edifican nuevas casas en viejas parcelas. La proyección de población basada en los datos anteriores indica que para 2010 habremos superado ampliamente los 10.000 vecinos.

El equipo de gobierno defiende que lo ideal sería superar los 15.000. Sus argumentos para apoyar tal cosa son de una simpleza y zafiedad patéticas, pero es lo único que pueden hacer para defender lo indefendible una vez que se hace evidente que las razones verdaderas no son muy elegantes y que los vecinos no se chupan el dedo. Pero hagamos un esfuerzo de imaginación y supongamos que sus argumentos fueran lógicos y honestos. Aún si ese fuera el caso, ¿haría falta construir más viviendas? Veamos. Basándose en la ocupación promedio en España (3,5 personas/vivienda; Anuario Estadístico, 2000) y en el número de viviendas de Soto del Real en el año 2003 (4.627), la población que correspondería actualmente al municipio sería de más de 16.000 habitantes; más del doble de los actuales. ¿Qué ocurre? Que la tasa real de ocupación en Soto es sólo de 1,66, es decir, menos de la mitad de la tasa promedio del país. La razón es obvia: en Soto, hoy por hoy, la suma de viviendas secundarias y desocupadas supera ligeramente al número de viviendas primarias. Existen viviendas más que de sobra para albergar a la población fija deseada por el equipo de gobierno, y la prueba es que nuestro pueblo tiene en verano más de 20.000 habitantes y no se ve a nadie durmiendo por las calles. Es una cifra de población incluso por encima de la que inicialmente pretende el PGOU a medio o largo plazo. Por tanto, la verdadera, casi única y más importante razón para el crecimiento urbanístico propuesto está en el negocio inmobiliario, algo completamente ajeno a los intereses de Soto y de la inmensa mayoría de sus vecinos. Está claro que si el incremento de población fija fuera deseable, que no lo es, no harían falta más viviendas, sino simplemente que sus dueños las ocuparan permanentemente o que las vendieran a futuros residentes. Si el objetivo real y honesto del equipo de gobierno fuera aumentar la población, lo que necesitaría es atraer gente, no construir casas. Pero ahí no hay negocio que valga.

Es inadmisible e impresentable un PGOU que postula aumentar la superficie urbanizable al doble de la de hoy, cuando una gran cantidad del suelo urbano actual está sin edificar. Por supuesto, las cifras de unos y otros no coinciden, y el número de parcelas vacías se cifra así entre “sólo” unos cientos y cerca de 2.000. Lo cierto es que en Soto hay bastantes casas en venta y muchísimas parcelas vacías, un gran número de ellas también en venta. Nuestro pueblo no es precisamente barato. Los precios son muy elevados y el período desde que una casa o parcela es ofertada hasta que se vende se está dilatando cada vez más, en consonancia con la lenta pero progresiva desaceleración general del “boom” del mercado inmobiliario. En otras palabras, la oferta existe y la demanda no parece devorar dicha oferta rápidamente. En estas circunstancias, no hay razón alguna para crear una nueva mega-oferta como la que propone el PGOU, construyendo miles de casas. Si el aumento de población no es deseable, aún lo es menos que se produzca a costa de una pérdida de espacios naturales alrededor del actual casco urbano, y todavía sería más absurdo que además gran parte de las nuevas construcciones quedaran vacías, bien porque no hubiera demanda o porque se convirtieran en mero objeto de inversión sin ocupantes. El territorio sepultado por el cemento y los ladrillos es virtualmente irrecuperable. El pueblo ya está sobredimensionado tal y como es. Nuestro término municipal no es muy grande, y el modelo disperso de baja ocupación, junto al proyectado polígono industrial, la cárcel, el campo de golf, las carreteras, etc., terminarán por dividir el territorio entre altamente protegido y altamente degradado, y ambas cosas no pueden coexistir. Demos una oportunidad al campo, al ganado, a los espacios vacíos, a los vecinos, a un pueblo no más disperso del que ya tenemos.

Ignacio de la Riva
Soto del Real 2006